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“Ola conservadora” y oposición a un “gobierno mundial”
Domingo 7 Jun 2020, 19:45 pm  |  Compartir en:      
A propósito de la pandemia se trama un dominio dictatorial en nombre de un “nuevo orden mundial”. Sin embargo, crecen las sanas reacciones contrarias a la globalización. Síntomas de esa resistencia conservadora en el Brasil, los Estados Unidos y en la Iglesia.
Adolpho Lindenberg

La actual pandemia está siendo utilizada por los globalistas para alegar que los grandes males que nos afectan, por ser universales, deben ser sanados por una entidad supranacional.

Algo parecido con una ONU pero con más poderes. La globalización, en sus comienzos, se presentó como mero proceso político de integración de países, pero recientemente se transformó en un instrumento para quienes anhelan un nuevo orden mundial orquestado por un gobierno supranacional.

Ese objetivo, sin embargo, está siendo contestado por un reciente movimiento ético-político, diversificado, difícil de ser definido, que muchos clasifican como “onda conservadora”. En Europa las personas no soportan más las ingerencias inadecuadas de la Unión Europea en los gobiernos de sus países. En los Estados Unidos las reacciones contra el movimiento globalizante y contra los propósitos reformistas del Papa se están multiplicando. Tal vez los calificativos saturación y disconformidad de la población con relación a las propuestas revolucionarias puedan auxiliar a su comprensión.

Hasta hace poco la globalización, por ser incentivada por los mass media y por el establishment, parecía incoercible. Pero recientemente ha despertado reacciones por parte de quienes la juzgan una amenaza a las soberanías nacionales y a la privacidad de las personas. En el Brasil tenemos un ejemplo de la intención de las entidades relacionadas con la ONU -en el caso que nos ocupa la OMS- de sobreponerse a nuestro gobierno, obligándolo a aceptar sus directrices en el combate al coronavirus.

La instauración de un gobierno mundial ha sido denunciada por numerosos autores católicos como un proyecto revolucionario. Entre ellos figura el Profesor Plinio Corrêa de Oliveira, que así se expresa en uno de sus ensayos magistrales:

“Hace cuarenta años la ONU, prefigura de un Gobierno Mundial, anhela la mezcla de todas las razas, de todas las naciones y de todas las lenguas para formar un tipo humano ya anunciado: el hombre pardo de la ONU. El hombre pardo profesará también una religión que será ecuménica, mezcla sincrética y ecléctica de todas las religiones”.

“Nuevo orden mundial”, pretexto para una dictadura global
Los libros que en Europa han sido publicados desde el siglo XIX, en particular en Francia, alertando sobre el peligro de la instauración de un gobierno mundial con poderes dictatoriales -el tan comentado big brother— volvieron a figurar en la lista de los best-sellers.

Los más recientes ya no acusan a la masonería y comenzaron a denunciar a las poderosas fundaciones norteamericanas, que al lado de los grandes bancos y del millonario George Soros, siempre dan apoyo financiero a los programas globalizantes. En el compendio “Nuevo Orden Mundial”, de Alexandre Costa, están enunciados más de 100 emprendimientos con esa intención. Temáticas referentes a la creación de un gobierno mundial con poderes dictatoriales comenzaron a ser discutidos por periodistas en programas televisivos, despertando gran interés entre el público. Se puede constatar, con alivio, que la mayoría de ellos es contraria a su instauración.

Está teniendo un gran éxito un ensayo del conocido filósofo surcoreano Byung-Chul Han, autor del best-seller “Sociedade do Cansaço” (Sociedad del Cansancio). Enumera los poderes cada vez mayores utilizados por el Estado chino para saber que piensa cada individuo, cuál es su postura política, cuanto gana y cuales son sus hábitos. Aunque el artículo se limita a describir el creciente poder del gobierno chino, su lectura nos permite prever qué medios tendrá a su disposición un eventual gobierno mundial para limitar la privacidad y la autonomía de las personas. Así describe Chul Han lo que está ocurriendo en el país más poblado del mundo:

“China introdujo un sistema de crédito social inimaginable para los europeos, que permite una evaluación exhaustiva de las personas. Cada uno debe ser evaluado en función de su conducta social. En China no existe ni un solo momento de la vida cotidiana que no esté sometido a la observación. Cada clic, cada compra, cada contacto, cada actividad en las redes sociales es controlado por la vigilancia virtual. Quien cruza un semáforo con la luz en rojo, quien tiene contacto con críticos del régimen, pierde puntos. Quien compra alimentos por Internet y lee diarios que apoyan al gobierno, gana puntos."

"En China existen 200 millones de cámaras de vigilancia, muchas de las cuales con reconocimiento facial. Esas cámaras dotadas de inteligencia artificial pueden observar y evaluar todos los espacios públicos: negocios, calles, aeropuertos. La vida puede llegar a transformarse en algo muy peligroso. Esa vigilancia social es posible en China porque existe un cambio de informaciones entre los usuarios de Internet y de los smartphones con las autoridades. En el vocabulario de los chinos no existe el término “ámbito privado”. Todo ese equipamiento, conforme se divulgó, se mostró muy eficaz para controlar la epidemia del coronavirus."

Fortalecimiento de reacciones contra-revolucionarias
De un modo especial en los Estados Unidos, pero también en otros países, el público conservador se saturó con la exhuberancia con la cual los llamados movimientos sociales -ecológico extremistas, LGBT, pro-inmigración, tribalismo y muchos más — actúan con el apoyo del establishment y de los mass media.

Concomitantemente, el aborto, la ideología de género, el “casamiento” homosexual, los pseudo-derechos humanos, están siendo legalizados en la mayor parte de los países occidentales, sin que el Papa Francisco se manifieste contra ello. Esos males, que alcanzaron excesos inimaginables, están despertando las más diversas y sanas reacciones por parte de los católicos tradicionales, entre las cuales protestas, marchas, campañas de recolección de firmas, rosarios rezados en público.

El Prof. Plinio Corrêa de Oliveira afirmaba que la velocidad del proceso revolucionario, con el objetivo de eliminar las últimas ruinas de la Cristiandad, es limitada por el peligro de que la opinión pública conservadora despierte de su letargo y exprese su inconformidad. Eso es exactamente lo que está ocurriendo en los últimos años. Gran parte del público que hasta hace poco tiempo daba la bienvenida a las reformas progresistas, en los días de hoy comenzó a reaccionar, a organizarse políticamente y a querer que los valores éticos vuelvan a orientar el comportamiento humano.

Esas reacciones tomaron consistencia fortaleciendo a los partidos de derecha en Europa y al Republicano en los Estados Unidos. En este país, el orgullo nacional, la defensa de la familia y una política más firme respecto a la socialización del país, hasta hace poco tiempo vistos como frutos de una nacionalismo malsano, se volvieron el éxito del momento.

El Partido Demócrata norteamericano por haber adoptado una agenda progresista acentuada, al punto que un líder socialista como el Senador Bernie Sanders pudo disputar la Presidencia del país, está perdiendo su prestigio entre los electores. En sentido opuesto, el apoyo a Trump se está consolidando.

Después de décadas, la izquierda parece haber encontrado un adversario a su altura. Hasta hace algunos años, nadie se atrevía a decirse “de derecha”, reaccionario, conservador, pero ahora esos términos ya no son peyorativos. Con la derrota de los socialdemócratas en las recientes elecciones europeas, y con la salida de Inglaterra de la Unión Europea, se consolidó la así llamada “onda conservadora”; y sus partidarios, a falta de otra denominación, pasaron a llamarse “populistas” por estar en sintonía con las aspiraciones del pueblo.

“Ola conservadora” comprobada entre los brasileños
Abramos un paréntesis: Es imposible no señalar la paradoja de que el establishment y los mass media estén acusando a los populistas de ser antidemocráticos, pues en verdad son ellos mismos quienes auscultan los anhelos de la opinión pública, utilizando para ello las redes sociales. En efecto, el pueblo influencia al gobierno con más autenticidad por medio del universo virtual que por el sistema de elecciones de representantes poco confiables realizadas cada cuatro años.

El establishment no ahorra críticas a los líderes populistas por predicar un patriotismo y una moralidad fuera de moda. Los acusa de ser “pueblerinos”, evangélicos de carrera o fascistas. Esas críticas son a tal punto unilaterales y agresivas que el público ya no las toma en serio. Lo que está ocurriendo ahora en Brasil comprueba lo anteriormente dicho: el Presidente Bolsonaro está soportando un verdadero infierno, acusado por lo que dijo y por lo que no dijo, y es denegrido por su postura popular y moralizante. Una cosa es verdadera, clarísima: si dejara de oponerse a la ideología de género y al aborto, de enaltecer al patriotismo y a los valores del “antiguo Brasil”, las críticas serían reemplazadas por aplausos de los mass media, y él sería señalado como un gran presidente.

La oleada conservadora no fue planificada por políticos ni es el fruto de la iniciativa de un líder carismático. En casi todos los países nació simultáneamente de un modo espontáneo y con una fuerza sorprendente. Algo parecido a lo que ocurre cuando la vegetación, adormecida después de una larga sequía, renace tras las primeras lluvias con una vitalidad a toda prueba.

Hasta hace poco tiempo el establishment menospreciaba su existencia, creyendo que era fruto de mentalidades retrógradas o de herencias fascistas. Pero ahora fue obligado a reconocer que una parte de la opinión pública la está viendo con simpatía -digamos también, con alivio- por haber encontrado un movimiento alineado con sus convicciones y dispuesto a combatir en su defensa. Combate en el cual muchos querrían participar, pero sin medios o sin coraje para hacerlo.

División en los Estados Unidos, pero crece el polo más tradicional
Un análisis de como se desencadenó la reacción conservadora en los Estados Unidos nos puede auxiliar para ver como las personas reaccionan cuando sus modos de vida y sus convicciones, heredadas de sus antepasados, son amenazados por la Revolución. Al comienzo manifiestan su desagrado, después se suman a las protestas más variadas y finalmente se organizan en movimientos o partidos políticos.

En los Estados Unidos es de larga data una oposición latente entre las mentalidades y los modos de vivir de los habitantes de las costas Este y Oeste (Nueva York, Washington, Los Ángeles, San Francisco), y por otra parte de los norteamericanos del Centro y del Oeste del país. Se diría que un muro de desacuerdos pasó a dividir a los demócratas de los republicanos. Esta oposición es de larga data, pero recientemente se acentuó y pasó a parecerse a un conflicto interminable.

Los demócratas y el establishment liberal (izquierdista, en el sentido norteamericano) tienen un estado de espíritu que otrora era descripto como siendo el american way of life, que consiste en una visión optimista de la realidad, no comprometida y en la creencia de que el progreso y el conocimiento solucionarán todos los males que nos afligen. Además de esta concepción rosada del mundo, son simpatizantes de los movimientos sociales e indulgentes respecto a las reivindicaciones de las minorías globalizantes, mientras juzgan inevitable un gobierno mundial; y están convencidos de que la tan ansiada paz entre los Estados Unidos y los países comunistas solo será alcanzada por medio de la buena voluntad y de concesiones recíprocas. Critican el uso de armas por parte del público, restringen los fondos para las Fuerzas Armadas y son defensores convencidos del ObamaCare (la Ley de Protección a Pacientes y Cuidados de Salud Asequibles) y de otras atenciones sociales por parte del Estado.

Son personas típicas con esa mentalidad los líderes políticos demócratas y los participantes del jet-set internacional — artistas, escritores, figuras de proa del movimiento ecologista — todos enaltecidos por los mass media y los miembros del establishment.

La oleada conservadora en los Estados Unidos está compuesta por dos públicos diferentes: el primero incluye a los norteamericanos fieles a sus tradiciones cristianas, que cultivan los valores típicos de la época en que fueron pioneros — honestidad, trabajo arduo, consumo morigerado.

Desconfían del gobierno y se desagradan con las extravagancias de sus conterráneos de la costa Este. A ellos se debe que el Partido Republicano haya conseguido triunfar en las elecciones.

El segundo público participante de la oleada conservadora está formado por quienes defienden la libertad económica y son contrarios a la asistencia social estatal. Empresarios y banqueros de gran porte se alinean con los habitantes de las pequeñas ciudades del Medio Oeste, de mentalidad conservadora, con el objetivo de proteger al país de las novedades socializantes que llegaron de Europa después del fin de la guerra y tan apreciadas por los demócratas. Se diría que es una conjunción extraña, inviable a primera vista, pero que probó su viabilidad al participar lado a lado de la ola conservadora.

Quien viaja por el interior de los Estados Unidos queda admirado con el número de casas con la bandera nacional hastiada, aún en los Estados con predominio demócrata. El derrotismo vigente en los años de la guerra de Vietnam fue sumergido por las primeras oleadas conservadoras y Trump no solo venció las elecciones sino que también se convirtió en el punto de referencia para los gobiernos populistas del mundo entero.

El apoyo popular a Trump es debido, en parte, a la insatisfacción de los norteamericanos al ver que el individualismo emprendedor, tan apreciado por ellos y tan bien descripto en los libros de Anna Ryan, está siendo contestado por quienes juzgan que la “solidaridad” entre las personas es más importante que la competición. Por otra parte, se explica por haber resucitado el “orgullo nacional”, sintetizado en el lema America first, por haber terminado con el desempleo y por haber contrabalanceado el poderío comercial de China.

Crisis en la Iglesia y oleada conservadora católica
La densidad revolucionaria presente en la actual crisis que está atravesando la Iglesia no tiene ni punto de comparación con la de cualquier otro cisma o herejía del pasado. El Papa Francisco, aparentando simplicidad evangélica, muestra desagrado con respecto al esplendor ostensivo de la Corte Pontificia; preferencia por las víctimas de un sistema que tiene en vista el enriquecimiento y no el compartir; y así se transformó en una figura simpática para varios sectores de la opinión pública en el comienzo de su Pontificado. Con el tiempo, sin embargo, comenzó a revelar su verdadera faz de un reformador convencido, con la intención de transformar a la Iglesia Católica en un simulacro del verdadero modelo creado por Jesucristo.

Su hábito de exponer sus planes al volver de los viajes al Exterior le permitió presentarse como siendo un humilde devoto de San Francisco, incomprendido por los “poderosos”, indulgente con las debilidades humanas, protector de los pobres y oprimidos. Él sonríe, se muestra confortado por estar conversando con sus compañeros de viaje, en un ambiente informal, acogedor, distendido. ¿Quién podrá acusarlo por su desdén por la enseñanza tradicional vituperada como si fuera el fruto de un dogmatismo rígido ya superado?

Tal imagen dulzona, sin embargo, frecuentemente es contrariada por la rispidez con la cual prescinde de los prelados que no comparten sus proyectos, como así también su amargura y desencanto revelados en sus fotografías.

Como no podría dejar de ser, aparecieron reacciones por parte de Cardenales, teólogos y fieles, consternados con sus palabras dudosas, poco ortodoxas, y por el modo populachero de presentarse en público. Ejemplo de esas reacciones son las Marchas por la Vida, los pedidos de Cardenales al Papa solicitando aclaraciones, las peticiones acompañadas de firmas, el rezo del Rosario en las plazas.

A todo ello se agregan las publicaciones del Instituto Plinio Corrêa de Oliveira y del Pan Amazonic Synod Watch, como así también la actuación del Prof. Roberto De Mattei y de los difusores José Antonio Ureta y Julio Loredo que, a lo largo del Sínodo Amazónico, alertaron a los fieles con relación a las herejías presentes en el movimiento ambientalista y en el indigenista.

El hecho de que cada vez más esté quedando visible el contenido revolucionario de los movimientos reformistas patrocinados por la ONU y contando con el apoyo del Papa — LGBT, feministas, inmigración, tribalismo, ecología extrema — dejaron a los católicos conservadores alarmados y dispuestos a participar de las reacciones que están surgiendo en todas partes. Por ser reacciones espontáneas, cada una levantándose contra este o aquel contrasentido y por no estar vinculadas entre sí, no resulta fácil la formación de una oleada conservadora religiosa semejante a las existentes en el campo político. En determinado momento, sin embargo, si los Cardenales y Obispos de orientación conservadora formaran un frente único con los fieles perplejos con lo que está ocurriendo en la Iglesia, las reacciones crecerán, se consolidarán y se transformarán en un movimiento de proporciones universales. ¿Tendrán ellos, en un futuro próximo, el poder de invertir la marcha de los acontecimientos?

¿Provienen esas reacciones conservadoras, tanto las políticas como las religiosas, de una gracia especial? ¿Son instrumentos de Nuestra Señora para congregar a los fieles en un enfrentamiento final con los revolucionarios? Sea como fuera, la desproporción de fuerzas es asustadora. Los revolucionarios cuentan con el apoyo del Papa y de la mayoría de los Cardenales y Obispos, de los mass media internacionales y de las entidades supranacionales.

¿Qué hacer? ¿Rezar, continuar participando de los movimientos contra-revolucionarios? Sí, y cada vez más, pues Nuestra Señora cuenta con nuestro esfuerzo y repetidamente lo ha implorado para cumplir lo que nos prometió en Fátima: “Por fin Mi Inmaculado Corazón triunfará”.
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